Bruce Aaron Springsteen.

Foto: Rockast

Se dice que todo tiempo pasado fue mejor. Y mirándolo en perspectiva, aupado por la conformista mediocridad actual, quizá tengamos que dar el tópico por bueno.

Bruce Frederick Joseph Springsteen, conocido en Norteamérica como “el cantante de los pobres” es un buen tipo. Su padre era conductor de autobús y su madre secretaria, ambos con descendencia italiana e irlandesa. Como suele pasar en estas historias, el niño esquivo con los estudios consigue hacerse con una guitarra mucho antes de alcanzar la mayoría de edad. El resto se lo pueden imaginar grosso modo. Porque a la buena gente al final le ocurren cosas buenas. Este artesano del rock es diferente al resto de dinosaurios. Su hoja es perenne y no se ve atisbo alguno de desvanecimiento en su apuesta por la senda de la leyenda. Porque artistas hay muchos y muy buenos. Cada uno en su guerra se lo monte como pueda sí, pero luego, después de todo, después de todos, está Bruce. Bruce mantiene viva la magia y la chispa como nadie. Porque sin magia no hay emoción, y la emoción es el leitmotiv de la música.

El pasado Domingo 17  Bruce traía a su E-Street Band a Madrid. Lo cierto es que después de haberlo visto en más de una docena de ocasiones, algo nos hacía intuir que ese concierto podía ser especial. Y así fue.  Un 17 de Junio que para muchos se ha convertido ya en su particular  “21 de Abril“, aquél  épico concierto de Bruce en Barcelona que quedaría grabado a fuego en la memoria de los fans y que marcaría un antes y un después en el aterrizaje del rock en España.

El pasado Domingo, se derrochó en el Santiago Bernabeu de Madrid un torrente de rock visceral que supera tan fácilmente lo musical que da vertigo. Ya lo explicaba Fernando Navarro, periodista de EL PAÍS y pluma detrás del blog de La Ruta Norteamericana, cuando hablaba de la iglesia invisible de Bruce  en uno de sus brillantes artículos. Pero cualquiera que haya podido verle en directo sabe a lo que nos referimos. Aunque todos sean dinosaurios, hay muchas diferencias entre un concierto de Bruce y uno de U2, Dylan o Madonna. El fervor que desprende el primero es definitivamente religioso. La gente CREE en Bruce Springsteen. Porque no engaña, porque es real, porque te da motivos verdaderos más allá de caros artilugios, luces de neon, maniquíes robotizados y falsas emociones subcontratadas. Bruce no quiere nada por su cumpleaños porque sencillamente no necesita nada. Él no tiene porqué ofrecer un concierto de casi 4 horas sin interrupción. Puede hacer un standard de 2 horas y volver a su hotel. Pero entonces se convertiría en lo que no es.

Me viene a la cabeza ahora el puñado de conciertos que vimos de otra marca legendaria,  otrora grupo de rock, de mesiánico líder, cuyo recuerdo de su última visita no fue todo lo grato que queríamos, en absoluto. Recuerdo no divertirme como antaño, a pesar de ser uno de mis grupos favoritos y de alcanzar  las primeras filas del estadio mas grande de Europa.  Recuerdo mirar a mis amigos al finalizar el concierto y abrazarnos intuitivamente y decirnos sinceramente, esto se acabó. Hemos visto a ésta banda jugar tanto con sus bazas que éstas terminaron por engullirlos definitivamente. El domingo pasado en el césped del Bernabéu, años mas tarde nos abrazábamos de nuevo y decíamos: Yo estuve aquí.

Porque fue histórico, y la historia se crea al instante pero se escribe con la buena caligrafía que otorgan los años. Porque al margen del matiz de que haya sido el concierto más largo en la historia de Springteen y la E-Street Band, éramos conscientes de que al ser el último concierto de ésta gira que veíamos, podía ser también el último en que veamos toda la parafernalia musical de Bruce y la E-Street. Y nos dio razones para la emoción más absoluta, con los temas clásicos mezclándose con los del último disco y sacudiendo a una audiencia entregada hasta la extenuación. Con sorpresas como la aparición del mitico Southside Johnny, la presentación mundial en directo de Spanish Eyes, o interpretaciones sublimes de Murder Incorporated, Because The Night, Thunder Road o The River, dedicandole el tema a Nacho Hurtado, joven de 20 años fallecido días antes y cuyo sueño era ver a Bruce en directo.

Desgraciadamente nos gusta asociar las leyendas al pasado y al blanco y negro, y sobre todo, nos gusta designarlas como tal cuando ya nos han dejado. Es algo que parece inevitable. Pero recuerden, Bruce no pide nada por su cumpleaños. Lo que hace lo hace nunca mejor dicho por amor al arte, en su sentido mas literal,  y sobre todo por dejar huella, por agregar páginas a la Autobiografía de Bruce Springsteen by Bruce Springsteen. La obra de Bruce y las joyas que ha hecho son inagotables e irrepetibles, y cuando uno mire desde 2030, y pueda decir “Yo estuve allí“, lo podrá decir con el mismo orgullo que muestran los que ahora hablan de Cash, o Sinatra.

Y me dan mucha lástima algunas críticas leídas en periódicos importantes o dominicales de renombre días atrás, escritas por columnistas cagaprisas, con vidas emepecuatrizadas,  preparadas, servidas, masticadas y cagadas de antemano. Prueban, escupen y vuelven a por otro plato. Busquen, comparen, viajen,  encarámense a lo alto de la mesa, griten, escuchen, amen y observen a su alrededor. Convénzanse de la autenticidad y dejen de buscar la canción perfecta, la banda perfecta y el jodido momento perfecto. Ya apenas reluce algo pero no se den por vencidos, porque como dice Bruce, you can’t start a fire without a spark.

Y Aaron? No nos olvidamos de Aaron.

Aaron es el middle name de Elvis.

 Salud.

David Bernardo

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